| BOLETÍN ENCUENTRO Nº 8 DICIEMBRE 2000 |
Por María Cecilia González T. Nuestro ego hace demasiado ruido, con sus deseos y temores impide escuchar limpiamente lo que nuestra voz interna y nuestro entorno quieren trasmitirnos, obstaculizando el proceso de comunicación; es por ello que la gran mayoría de las veces nos mueve el deseo de "ganar" y de quedar bien ante los otros. Se dice que es simple comunicarnos, pero sólo se cumple dicha afirmación si se ha logrado desarrollar niveles sanos de empatía, entendiéndola como una expansión del corazón que lleva a la capacidad de compartir ideas y experiencias de los demás. Solamente cuando se sale del propio mundo y se tiene la capacidad de ponerse en lugar del otro para captar sus puntos de vista, se logra la receptividad, que permite, acoger a los demás y aprender de ellos. La comunicación como valor, debería agregar significado a las relaciones, se nos ha otorgado una capacidad sublime de discernir, optar, pactar, oponer y expresar, que aunque es un gran don clave para las situaciones cotidianas, no lo empleamos como es debido. Hay que ir más allá, no es simplemente convencer a otros, averiguar y decir dónde, cuándo o quién; para realmente comunicarnos se requiere vivir activamente desde el amor, la mera expresión de opiniones y/o de sentimientos no basta, hay que aclarar conscientemente qué se quiere lograr y cómo dicho proceso agrega valor a la calidad de vida. Casi siempre vivimos en permanente estado de ceguera emocional, utilizamos mal las palabras, las agendas ocultas nos persiguen por días y creemos que comunicarnos en momentos de "aprieto" nos sacará de la dificultad; ser libre emocionalmente implica vivir en actitud permanente de hacer valer los derechos personales, partiendo siempre del respeto y la comprensión de los ajenos, significa expresar sin experimentar ni miedo ni temor ni ansiedad ni culpa sentimientos negativos como decir no, identificar desacuerdos, hacer y recibir crítica, expresar enojo, enfado o simplemente desacuerdo; de igual forma ser libre emocionalmente requiere de la expresión de sentimientos positivos como son el aprecio, el afecto, la aceptación, la ternura, la gratitud, la admiración entre otros muchos. Comunicar es volver común algo. Por ende cuando comunicamos estamos poniendo en común nuestros pensamientos, nuestras ideas y nuestros sentimientos. En consecuencia en un proceso de comunicación dos o más personas participan de manera alternativa o simultánea. El momento de actuar es ahora, lo que cuenta realmente no es lo que pensamos o lo que decimos, sino lo que expresamos a través de nuestros actos y la intención que hay detrás de ellos.
LA LIBERTAD. Prerrequisito de vida. Por: Vladimir Zapata V. Si hay algo que de verdad caracteriza al ser humano es la libertad. Su uso adecuado lo incluye en la suerte de la especie y le aumenta la estatura, pero al mismo tiempo lo relega con la responsabilidad que en la cotidianidad se traduce en posición ética. La defección en esta última conlleva el manejo de la culpa o lo que más específicamente se denomina sentimiento de culpa. La libertad es la discrecionalidad de cada uno para hacer lo que quiera, siempre y cuando en su despliegue no recorte la libertad de otro ni lo lastime. La libertad es una facultad, un poder que emana de la persona por ser tal y que no puede ser coartado por nadie. Es propio de la naturaleza de la persona. Ahora bien, la libertad es situada y fechada, es decir, hay una serie de circunstancias que aportan a su redefinición en concreto o, al menos, a su precisión. El cuerpo con sus límites biológicos, la familia con sus reglas, la educación y el establecimiento social con sus leyes moldean y ajustan lo que, en principio, parece inobjetable. Dicho con otras palabras, en la práctica no existe libertad absoluta pues esta siempre resulta tamizada por la cultura, por los principios, orientaciones y valoraciones dominantes en la misma, aunque, ciertamente, también puede quedar envuelta en los eventos no - dominantes. En esta perspectiva es conveniente recordar que toda libertad se realiza en dos direcciones: por un lado es libertad de todo tipo de determinaciones, instintivas y sociales. Por otro es libertad para lograr un propósito, sobre todo aquel que relaciona con la consecución de la plena humanización. La libertad está estrechamente emparentada con la autonomía y la autodirección. Esta regulación por cuenta propia abre el camino a la decisión que es la unidad social básica de la libertad y a la subsecuente responsabilidad. "Decidir es un aspecto básico de la libertad personal. Saber decidir es saber ser libre. La decisión, sin embargo, no es sólo un acto de autoafirmación por el cual la persona progresa en su realización. Decidir es también un acto de negación de una posibilidad que no es compatible con aquella que se ha escogido. De esta manera, tomar decisiones es algo esencialmente doloroso por lo que ellas suprimen acerca del futuro de cada uno. Esta tensión producida por las decisiones es inseparable de cualquier vida humana por simple que sea." (1) El uso responsable de la libertad nos pone en la perspectiva del otro. Este, en la práctica, emerge como un gran límite. Cuando se omite esta consideración, sobreviene, fácilmente, la defraudación y hasta la lesión a ese otro que interpela y de allí surge el remordimiento (la culpa). El parámetro que mejor sirve para una justa evaluación sobre nuestro nivel de moralidad es, indudablemente, la libertad. Con él sabemos, exactamente, donde nos encontramos y en qué medida hemos tomado en cuenta o hemos dejado de lado el recto obrar en sentido humano. (1). Mounier Emmanuel. Personalismo. Citado por Carlos Vásquez en Educación Personalizada. Pág. 25
QUE HAY QUE ENSEÑAR A LOS HIJOS Por: Juan Fernando Gómez Ramírez Esta sugestiva y comprometida frase corresponde al título del más reciente libro publicado por la filósofa española Victoria Camps, quien refiere que a lo largo de su vida ha hecho básicamente dos cosas: tener tres hijos y enseñar filosofía. Afirma que nunca los padres han estado tan pendientes de sus hijos como en nuestra época y que la abundancia de conocimiento en torno a ellos produce más perplejidades, dudas y desconcierto. Nos obsesiona como padres la fórmula mágica de "educar en la libertad", no dejando de enseñar cosas, sino poniendo las bases para que la persona pueda y sepa ser libre. Afirma la autora que la experiencia del hijo se vive y se aprende sobre la marcha y que al educar a los hijos nos estamos educando también a nosotros mismos; que la experiencia de educar a un hijo es irrepetible y que cada hijo es un libro que hay que empezar a escribir de nuevo porque no hay hijos clónicos. Analiza en su obra la autora una serie de propuestas referentes a valores y metas del desarrollo, que en su concepto es necesario enseñar a los hijos. Entre las más relevantes están: La felicidad: afirma que nuestro objetivo en esta vida no es la felicidad sino buscarla. Que la felicidad sólo se consigue en compañía. Necesitamos a los otros para vivir y para ser un poco felices. No sólo "los nuestros" sino los que son realmente "otros". En una clara alusión que podría aplicarse perfectamente a nosotros los colombianos, afirma que la rutina de las malas noticias nos acostumbra a contemplar con impasibilidad absoluta el sufrimiento y la tortura en que vive mucha gente. El carácter: el cual no se posee al nacer. Se va formando por la interacción con el medio, con las costumbres y con los demás. ¿Cómo se forma el carácter?. Inculcando hábitos. Repitiendo actos, acostumbrando al niño a que le guste y le atraiga lo que le debe gustar y atraer. Haciendo que se adapte a las costumbres que creemos que son buenas. La autoestima: la define como una condición básica de la vida misma. Nadie se atreverá a vivir por su cuenta y riesgo si no se quiere a sí mismo, si carece de confianza y de seguridad en sus capacidades. Refiere que la autoestima depende de la capacidad de cada uno de aceptarse como es, con todo lo que tiene y todo lo que le falta. Para ello necesita al mismo tiempo sentirse querido por los suyos. La autoestima no depende de llegar a ser esto o aquello, sino de aprender a gozar de lo que uno es. No en vano afirmó Aristóteles hace mas de 20 siglos: "la felicidad consiste en estar satisfecho consigo mismo". Así van desfilando por ésta excelente publicación de Plaza y Janés que no dudamos en recomendar, una serie de principios y valores que, estamos seguros, enriquecerán el acervo ideológico necesario para la fascinante tarea de la crianza de nuestros hijos.
DIEZ PRINCIPIOS PARA VIVIR CON NIÑOS Tomado y modificado de The Pediatric Clinics of North America,
April 1982 Vol. 29 No.2. 1982, by W. B. Saunder Company, Philadelphia. 1ro. Agárrelos portándose bien La regla más importante con los niños es esforzarse por felicitarlos cuando se están portando bien. A todos nos gusta que se nos reconozcan nuestras buenas acciones. Con frecuencia los adultos sólo nos dirigimos a los menores cuando nos interrumpen con sus voces y cantos ó en situaciones que a nuestro juicio molestan y son muestras de mal comportamiento pero que para ellos son su manera de expresarse. 2do. Permítales que le ayuden... A la mayoría de los niños les gusta ayudar a sus padres en las labores diarias. Así aprenden, se sienten útiles, importantes y acompañados. Pero a veces los adultos rechazamos esa ayuda porque creemos que por el contrario nos dificultan más las tareas, pensamos que no son capaces ó que es peligroso para ellos. Siempre estamos de afán y no podemos perder tiempo enseñándoles cómo se hace. Para los adultos cualquier ayuda que deseen prestar los niños en los oficios hogareños, es un estorbo. 3ro. Vigile a sus hijos. Cuando su hijo está jugando tranquilamente, échele un vistazo con frecuencia y dele mucha retroalimentación sobre lo que está haciendo. No caiga en la trampa de no querer distraerlo. Sin embargo procure no interrumpir las actividades que desee alentar en él. Una comunicación de 5-10 segundos será suficiente. 4to. Establezca orden en las cosas. Las rutinas del hogar, cómo levantarse, acostarse, comer, bañarse, deben ser razonablemente ordenadas y predecibles. Al actuar así el niño va aprendiendo que hay un espacio y un tiempo para cada cosa, lo que le permite ir adquiriendo los valores de responsabilidad y respeto. 5to. La aplicación de la disciplina (poner límites) debe ser en un sentido absolutamente positivo. Cuando un niño infrinja una regla, se le debe notar en su momento cuál fue la falta y aplicar una sanción por la misma (quedándose sentado unos minutos en la silla, suspender un juego, cancelar una salida, etc.). Una vez se cumpla esta sanción, no se debe mencionar más el incidente. Bajo ningún pretexto se debe aplicar el castigo físico. 6to. No sermonee a sus hijos. Las amenazas, los regaños, la cantaleta son inútiles en el trato con los niños. Con las amenazas lo único que se consigue es empeorar el comportamiento del niño. Conversar con los niños es muy importante, pues hay que tener cuidado de hacerlo no sólo en el momento de crisis. Por el contrario, se debe dedicar tiempo para conversar con los hijos cuando la situación sea agradable. 7mo. Demuestre compasión cuando aplique la disciplina. Hágale ver que la sanción que se le impuso, fue responsabilidad de él, al no cumplir unas reglas, pero generalmente los padres lo siguen queriendo y lamentan que por su comportamiento, se haya llegado a este punto. Mostrar compasión no significa ceder. La sanción se deberá cumplir de todas maneras. 8vo. Insinuación e imitación. Los niños aprenden de lo que ven hacer y oyen decir a los demás, especialmente a los padres. El ejemplo vale más que mil regaños. Por el contrario, se le crean al niño peligrosas confusiones cuando los padres dicen una cosa y hacen otra. Sí usted grita cuando se enoja, lo menos que puede esperar es que el niño siga ese ejemplo. Es pues muy importante mostrar a los niños que los problemas pueden manejarse sin perder la calma. 9no. Sean padres, no mártires. Los padres tienen derecho a ratos de descanso, a estar solos y ello se puede conseguir dejando los hijos en manos de una buena compañía. Cuando hay armonía en la pareja de padres, automáticamente esto se refleja en una excelente convivencia con los hijos. 10. Los padres son maestros. Querámoslo ó no; planeémoslo ó no, los padres siempre les estamos enseñando a nuestros hijos. Sí sólo los atendemos cuando están llorando, les enseñamos a llorar con más frecuencia. Especialmente con niños pequeños, lo que hagamos es más importante que lo que digamos.
RECUPEREMOS EL HÁBITO DE COMER EN FAMILIA Taller EL NIÑO SANO: Puericultura y Pediatría del Desarrollo. Que la hora de la comida sea lo que realmente debe ser: la restauración de las energías del alma a la vez que las del cuerpo. Lo que no debe ser: momento de censuras y reproches. No es el momento para que cada uno lleve sus mezquinas preocupaciones. Que la conversación sea estimulante, que sirva para unir a la familia en alegre círculo. Que al levantarse de la mesa además de un estómago lleno todos hayan ganado en calidad humana, sabiduría y dicha. No deberíamos permitir que la rutina reste interés a esas ocasiones de veras importantes. Con un poco de interés y algo de voluntad se puede elevar la simple rutina de la comida del nivel de un hábito tedioso al de un agradable arte. Cada uno de nosotros puede añadir algo del placer de comer bien en buena compañía; aportar su parte de animación a la más antigua y reconfortante de todas las costumbres de la Humanidad: COMER OTRA VEZ EN FAMILIA.
LIBROS RECOMENDADOS POR LA BIBLIOTECA PARA LAS VACACIONES PARA LEER CON LAS PEQUEÑAS:
PARA LAS QUE LEEN BIEN:
PARA LAS JÓVENES
Por Hernán Mira Fernández Un valor es algo que se vive, se siente, se integra en la persona, se muestra con actitudes, y como tal es difícil de definir. Se ha dicho que los valores son una especie de bienes social-materiales y son siempre concretos. Incluso los valores más universales como la vida y la libertad, son construidos a partir de actitudes concretas y analizados con referencia a conductas de vida. Los valores, entonces, son activos en su desarrollo y en su práctica. Pero para ser reales y visibles tienen que ser validados por acciones y motivar actitudes. Las personas actúan de modo que los valores existan, florezcan y, ocasionalmente, sean inmortales. Estos valores incluyen cosas como la nación, la familia, la libertad, el progreso, la humanidad, la independencia, el bienestar o la cultura. El ejercicio de los valores por una persona es lo que se conoce como virtudes. Una persona virtuosa es la que asume y ejerce los valores en su vida común diaria. La pregunta que se hace constantemente es cómo se educa y se forma en valores. La respuesta no es nada fácil pero hay varios principios generales que pueden orientar y servir de guías. Un postulado fundamental es el que dice que formación moral solamente se puede dar a través de la relación y la interacción de los seres humanos. La educación en valores tiene que partir, entonces, del diálogo franco y abierto y de la creación de un ambiente moral, tanto en la familia como en el colegio, donde se respire los valores que se quiere transmitir. Hay que superar la concepción ingenua que cree en que basta con anunciar los valores más importantes para formar moralmente. El reto es crear un ambiente humano donde los valores se vivan. No se puede anunciar la honestidad cuando ella no se vive al interior de las relaciones del hogar o las instituciones educativas. Si queremos que aprendan a ser y pensar justamente, tenemos que ser justos y contribuir a crear una comunidad justa. Una comunidad donde el diálogo sincero y abierto sea la práctica cotidiana en la que se resuelven los problemas. Hay que desterrar de las prácticas y estilos de formación los planteamientos dogmáticos y reemplazarlos por actitudes críticas. No se puede educar con la actitud de quien lo sabe todo y tiene la última palabra, cuando los niños y jóvenes viven una realidad multiforme, con muchas preguntas, diferentes valores y propuestas morales. Esto no sólo crea gran resistencia en ellos sino que puede conducir a la formación de personas moralmente incapaces de enfrentar un mundo con más preguntas que respuestas. Partiendo de estos principios tiene sentido una auténtica formación en valores.
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